Estoy dándole vueltas al asunto y la verdad sea dicha, no se como empezar a deshacer el ovillo.
Quizá debería decir que todo esto no empezó el sábado pasado, cuando al GPS le dije al oido que hiciese el favor de llevarme hasta la hospitalaria morada de mis queridos Miguel y Encarni, allá por Getafe. En cualquier caso podría decir que así comenzó el desenlace de la historia, porque en realidad el disparo de salida fue allá por el mes de enero. Pero podemos estar todos tranquilos porque la crónica de esas más de 15 semanas ya se ha escrito, entrenamiento a entrenamiento, así que no pienso repetirla.
El sprint final si arrancó el día que he señalado antes. Como sabía que mis anfitriones no estarían disponibles hasta la hora de la comida, no tuve ninguna prisa por empezar el viaje, de hecho ni siquiera madrugué. Me levanté y preparé el poco equipaje que necesitaba, me despedí de los mios, que esta vez no podrían acompañarme y a los que eché mucho de menos, y ahí que me fui, carretera y manta, camino del norte, a la capital del reino.
Cielo azul, tiempo inmejorable, poco tráfico… Todo perfecto, algo sí como un buen prefacio que anuncia un buen libro, hasta que la ley de Murphy mueve el guindo y tú acabas con las costillas en el suelo. En mi caso el meneo llegó en forma de SMS al móvil con, aproximadamente, la mitad del camino hecho:
Me acabo de dar cuenta de que llevas una zapatilla de cada, aquí hay una Asics y una Saucony.
Mi Santa dixit.
¡¡Zas!! (que diría Mafalda), a hacer puñetas las buenas sensaciones y el buen rollito. Aún con la cara de tonto me meto en la primera gasolinera que encuentro y vuelvo a leer el mensaje. Imposible, no puede ser que ésto me haya pasado a mi. Bajo del coche, abro el bolso y ahí estan, una al ladito de la otra, una para el pie izquierdo y otro para el derecho, como debe ser, pero… blanca y azul una y blanca y naranja otra, una Asics y una Saucony, una con poco mas de 700 km. y otra que supera con creces los 1000. Unas llamadas y algunas consultas mas tarde llega el diagnóstico: chaval, vas a empezar tu primer maratón saltándote por el morro una regla de oro: no se estrena nada el día de la carrera y menos aún zapatillas.
Cuando una hora después llego a Getafe el Zapatillasgate todavía me pesa en el humor. Menos mal que la bienvenida de Miguel y Encarni, la buena conversación y la no menos buena comida obraron el milagro de devolverme el buen ánimo.
Nada mas acabar de comer damos comienzo a la agenda vespertina: primero ir hasta la feria del corredor para recoger el dorsal y dar una vuelta, echar un ojo a las zapatillas y ver si es posible solucionar el tema allí o hay que echar mano del plan B y por último dejar mi coche aparcado cerca del restaurante donde ibamos a celebrar la comida de las agujetas, para regresar a casa via metro y cercanías. Recogiendo el dorsal empezamos a encontrarnos con gente conocida (o por conocer), de entre todos ellos me alegré especialmente de encontrarme de nuevo con el gran
Pepe y sus abrazos de oso y, aunque en esos momentos no lo sabía, con David, a la sazón cicerone de Pepe y al que no tenía el gusto de conocer. Ni que decir tiene que cada vez que la historia de las zapatillas salía a relucir había mas de una sonrisa y mas de una mirada de te-acompaño-en-el-sentimiento-que-te-sea-leve, nada raro por otra parte. Después de activar el chip y una vez comprabdo que la camiseta talla única de este año iba a quedarme grande (a mi y a unos cuantos mas), David me propuso una posible solución: visitar el stand de Marathinez allí en la feria para ver si había un modelo de zapatilla que me acomodase y, en caso contrario, ir a la propia tienda que se encontraba muy cerca de la feria del corredor. El modelo en cuestión por el que me decidí fueron las Gel Cumulus de Asics porque, como bien dijeron todos y yo ya había concluido, dentro de la duda lo mas razonable era elegir unas zapatillas que ya tuviese probadas y comprobadas. Finalmente tuvimos que ir hasta la tienda, a la cual me acompañó muy amablemente David y allí encontramos lo que buscaba, unas Asics Gel Cumulus 9 que pasaron a lucir flamantes en mis pies directamente con, todo hay que decirlo, un 20% de descuento sobre su precio gracias de nuevo a David.
De vuelta a la feria, hubo tiempo para una cerveza, mas presentaciones, charla y una vuelta por algunos stands antes de empezar el camino de vuelta. Como Pepe tenía hospedaje muy cerca de la meta y, por tanto, del restaurante donde el gran Santi Palillo apalabró la comida de las agujetas, se vino con Miguel, Encarni y yo en el coche, ya que nuestra intención, como he dicho antes, era dejar el coche aparcado lo más cerca posible del sitio en cuestión, tanto es así que finalmente quedó estacionado justo enfrente de las puertas de Casa Santoña.
Ya en casa, la cena en la terraza de mis anfitriones fue el cierre perfecto para ese atareado día. Como se suele decir, bien está lo que bien acaba, y mejor hubiese estado si pasada la media noche, cuando ya estaba a punto de conseguir la dificil meta de conciliar el sueño, la siempre solicita organización del Mapoma no hubiese tenido a bien informarme mediante mensaje (a mi y a unos cuantos miles mas) de algo que ya preveíamos todos: que al día siguiente iba a hacer calor. En fin, que le vamos a hacer.
El domingo amaneció muy temprano, especialmente para Miguel y para Ron, y después del preceptivo desayuno y de repasar el equipo salimos para coger el cercanías que nos llevaría hasta Atocha, desde donde iríamos caminando hasta la zona de salida donde habíamos quedado, en la puerta de Correos, para hacernos una foto de familia antes de empezar la carrera. Una vez allí, mientras esperábamos al resto de la gente, tuve que ir a buscar urgentemente un sitio donde dar salida al exceso de líquido; ni que decir tiene que cuando volví ya no hubo tiempo ni para foto ni para nada mas que no fuese ir a dejar la bolsa en los camiones guardarropas, así que a esta alturas todavía no se si hubo o no hubo retrato familiar.
No se como me las apañé, pero cuando terminó el proceso me había quedado más solo que la una, así que me fui hacia adelante, hacia el arco de salida, hasta que la marabunta me impidió seguir avanzando. Me hubiese gustado llegar hasta los globos de 3:45 pero me resultó imposible y me tuve que conformar con quedarme al lado de los de 4:00, aunque ya llevaba decidido que no iban a ser estos guias los que marcasen mi ritmo.
No estoy nervioso, no le he estado en los días previos y tampoco lo estoy en ese momento, allí mezclado en aquella enorme marea. Intento disfrutar y miro todo con curiosidad intentando olvidar el dolor de los gemelos de mi pierna izquierda. Imperceptiblemente, sin previo aviso empezamos a movernos, primero andando, lentamente, pero no tardamos apenas nada, teniendo en cuenta las dimensiones de la carrera, en comenzar a trotar. Noto la adrenalina subir y me empeño en controlar el ritmo como tenía pensado, empezando muy lentamente para ir subiendo poco a poco hasta llegar a la velocidad de crucero que me había planteado. Así recorro el Paseo de la Castellana a un ritmo de 5:30, practicamente un paseo, lo que me permite disfrutar desde el primer momento de todo lo que me rodea, hasta que, como tenía planeado, cuando noto que las piernas empiezan a estar a punto comienzo a buscar ponerme en el intervalo de 5:15 – 5:20/km que me había propuesto llevar hasta que empezase la parte dura de la carrera donde serían las fuerzas y la propia carrera la que fijarían la velocidad. Según los números de la organización llego al kilómetro 15 a una media de 5:16/km, de ahí en adelante fui cumpliendo con mi propio guión: 5:18/km en el 20, 5:17/km en la media maratón (que completé en 1:51:45), 5:18/km en el 25 y 5:20 en el 30.
Llegué a la media, muy cerquita ya de la Casa de Campo si no me equivoco, en mejores condiciones de las que me esperaba, entero, sin acusar cansancio y sin dolores en las piernas, entre otras cosas porque el recorrido hasta ahí es muy cómodo y poco exigente a mi modo de ver. Entrar en uno de los pulmones de Madrid y correr debajo de sus arboledas fue toda una agradable experiencia. Fue un paréntesis de sombra y algo de frescor en mitad de ese día de sol y calor castellano que hizo tanto daño. No pude evitar que el corazón me diese un vuelco cuando, pasando por el kilómetro 23 o 24, no recuerdo ahora exactamente, me di cuenta de que ya estaba en la zona desconocida, de que ya había llegado corriendo más lejos de lo que jamás lo había hecho, de que a partir de ese momento todo iba a ser nuevo… y se me saltaron las lágrimas.
Pero los kilómetros, el calor y el asfalto pasan factura. Posiblemente todos hayamos oído o leído alguna vez que el maratón empieza en el kilómetro 30. El mio en particular, mi maratón, puedo decir que comenzó a hacerse notar sobre el kilómetro 32. Recuerdo perfectamente que mientras pasaba frente al estadio Vicente Calderón, aproximadamente en ese punto kilométrico, me di cuenta, casi de repente, de que el cansancio empezaba a hacer mella en mí. Nada anormal, nada que no fuese de esperar, pero no pude evitar sentir que el estomago se me encogía al pensar si después de la próxima curva me encontraría con el famoso muro o en que kilómetro el no menos conocido tio del mazo me elegiría como objetivo, sobre todo porque a esas alturas de la carrera ya había visto suficientes cadáveres. Había hecho todo lo posible para cuidarme: beber agua e isotónico en todos y cada uno de los puestos, no dar tirones bruscos y tomar una barrita, de estas al estilo de los power geles, en el kilómetro 15 y 30 respectivamente, pero también sabía, se, que esto no garantiza nada de nada.
A partir del kilómetro 35 el recorrido empieza a complicarse. A partir de ahí ya no había paliativos ni consuelo, sabía que estaba cansado, de la cintura para abajo había dolores donde nunca los había tenido. No hubiese sido ningún crimen, pero tenía especial empeño en acabar la carrera sin caminar un solo metro y allí estaban las piernas, todavía obedeciendo y moviéndose cuando lo que las empuja es mas la voluntad que el músculo, empeñado como estaba en seguir mi propio plan: cuando la carrera se pusiese cuesta arriba, literalmente, debía de moverme entre los 5:20/km y los 5:30/km, lo suficiente para acabar dentro de mi objetivo secundario, es decir, por debajo de las 4 horas. Estos fueron los resultados de mi esfuerzo: al 35 llegué a 5:22/km, al 40 (en plena cuensta) a 5:29/km y al 42, porque llegué al 42 y doscientos metros mas allá, en 5:32/km.
Cuando el camino se encabritó ya no hubo tiempo para admirar nada mas. Ahí es cuando llegó el momento del sufrimiento, cuando el maratón te enseña el otro lado, la cara oculta de su luna. A partir de ese momento apenas recuerdo detalles de las calles y los sitios por los que pasamos, solo se que me concentré totalmente en mantener mi voluntad por encima de todo y en el asfalto caliente que me cocía los pies dentro de mis zapatillas nuevas. Conservo retazos: el espectador anónimo que ofrecía gajos de naranja a los corredores, la gente que se paraba de golpe con calambres, la sorpresa de encontrarme a David (si, el que me acompañó a Marathinez) andando para dar un descanso a sus piernas, el calor axfisiante y la cuesta, la eterna cuesta.
Del kilómetro 39 al 41 fue un infierno y sin embargo no hubo muro, ni tio del mazo. Esta vez pasé de puntillas, sin armar ruido y salí indemne. No hubo calambres, ni nauseas, ni pájaras, nada que no fuese el cansancio acumulado. Entré al Parque del Retiro corriendo, como había salido mas de tres horas atrás y aflojé, quería empaparme de esa sensación, de correr en ese pasillo de rostros que te gritan y te animan, de la gente que te felicita a voces, de la sensación de triunfo cuando pasa a la altura de la pancarta que muestra el kilómetro 42. Tengo que confesar que incluso le saqué la lengua. Y esos 195 metros últimos (que curiosamente tenemos que agradecer a los hijos de la Gran Bretaña y no a la mítica hazaña de Filípides) y que te acercan el ansiado cartelito blanco, pequeño, que contienen las cuatro letras mágicas: META. No grité, no di saltos, no levanté los brazos, no me abracé con nadie porque no encontré con quien hacerlo, pero apreté los puños con todas mis fuerzas y debajo de las gafas de sol, unas lágrimas se mezclaron con el sudor.
¿Agradecimientos?, incontables, me da miedo dejarme a alguien fuera, como me he dejado, soy consciente de ello, tantas cosas fuera de esta crónica. No puedo olvidarme de Encarni, el único rostro conocido entre la multitud del público, que nos siguió toda la carrera y que apareció providencialmente a lo largo de la carrera en tres o cuatro ocasiones para gritarme sus ánimos con todas sus fuerzas, además de abrirme las puertas del hogar que comparte con Miguel, otro al que tengo tanto que agradecer. Y que decir de todos los que me habéis apoyado durante estos meses de preparación, por vuestros consejos, vuestros ánimos, vuestras bromas, a todos vosotros, GRACIAS.
¿Satisfacciones?, todas, principalmente dos: el objetivo conseguido y, por supuesto, el calor de los amigos, de los nuevos y de los que reencuentras: Santi, al que hay que agradecer la estupenda comida que organizó para todos nosotors, Pepe, Sylvie, Roberto, y tantos otros a los que pido que no se ofendan si no ven su nombre aquí.
¿Las fotos?, en cuanto las tenga.
Mi dedicatoria especial a mi gente: Rocío (grande y pequeña) y Sergio.
No sería yo si no pusiese los números, así que aquí van: terminé en un tiempo neto de 3:53:48 a un ritmo medio de 5:32/km, en la posición 3748 de la general (sobre 7739, hubo muchísimos abandonos) , el 3748 de los 7320 corredores masculinos que llegamos a meta y el 815 de mi categoría, en esta ocasión sobre 1540 participantes. Para terminar otro datos curioso: en el kilómetro 10 iba en la posición 4489, en el 15 en la 4376, en el 20 en la 4424, en la media en la 4394, en el 25 en la 4242, en el 30 en la 4034, en el 35 la 3812, en el 40 en la 3666 y en el 42,195 en la que ya sabéis, la 3748.
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